Miércoles 5 de noviembre. Sé tú mismo.

Una de las tentaciones más frecuente en la que caemos casi todos es la de compararnos con los demás. Tal vez porque no estemos a gusto con nosotros mismos, o tal vez porque parece que siempre es mejor lo que tienen otros, pero muchas veces miramos a los demás y envidiamos cómo son, lo que poseen, lo que son capaces de hacer.

Esta historia nos recuerda lo importante que es conocerse y aceptarse.

Cada cual con su destino


Un samurai, conocido por todos por su nobleza y honestidad, acudió a visitar a un monje zen en busca de consejos. Sin embargo, no bien entró en el templo donde el maestro rezaba, se sintió inferior, y concluyó que, a pesar de haber pasado toda su vida luchando en favor de la justicia y de la paz, no se había tan siquiera acercado al estado de gracia del hombre que tenía enfrente.

- ¿Por qué me estoy sintiendo tan inferior? – le preguntó, en cuanto el monje acabó de rezar. – Ya me enfrenté muchas veces con la muerte, defendí a los débiles, sé que no tengo nada de lo que avergonzarme. Sin embargo, al verlo meditando, he sentido que mi vida no tenía la menor importancia.
- Espera. En cuanto haya atendido a todos los que me buscaron hoy, te daré la respuesta.

Durante el día entero el samurai se quedó sentado en el jardín del templo, viendo cómo las personas entraban y salían en busca de consejos. Vio cómo el monje atendía a todos con la misma paciencia y la misma sonrisa luminosa en su rostro. Pero su estado de ánimo iba de mal en peor, pues había nacido para actuar, no para esperar.

Por la noche, cuando ya todos se habían ido, él insistió: 

-¿Puede enseñarme ahora? El maestro le invitó a entrar y lo condujo hasta su habitación. La luna llena brillaba en el cielo, y todo el ambiente inspiraba una profunda tranquilidad. 

-¿Estás viendo esta luna, que bonita es? Cruzará todo el firmamento y mañana el sol volverá a brillar. Solo que la luz del sol es mucho más fuerte, y consigue mostrar los detalles del paisaje que tenemos ante nuestros ojos: árboles, montañas, nubes. He contemplado a los dos durante años, y nunca escuché a la luna decir “¿Por qué no tengo el mismo brillo que el sol? ¿es que quizás soy inferior a él?” 
-Claro que no, -respondió el samurai,- la luna y el sol son dos cosas diferentes, y cada uno tiene su propia belleza. No podemos comparar a los dos. 
-Entonces, ya sabes la respuesta. Somos dos personas diferentes, cada cual luchando a su manera por aquello que cree, y haciendo lo posible para tornar a este mundo mejor; el resto son solo apariencias.

Piensa por un momento en ti mismo: ¿eres consciente de que en ti hay mucha riqueza que puedes aportar a los demás? ¿Cuáles crees que son tus mejores cualidades? Da gracias a Dios por ellas.


MARÍA, AUXILIADORA DE LOS CRISTIANOS...

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